Raíces de la corrupción

De la “Corrupción somos todos” pasamos a la “Renovación moral de la sociedad” y de ahí a la Contraloría y a la Secretaría de la Función Pública. Todos los gobiernos mexicanos que yo recuerdo han prometido combatir la corrupción, pero ninguno ha tenido éxito. El presidente Enrique Peña Nieto, exasperado, ha llegado a decir que la corrupción es un problema cultural.

No creo que los mexicanos seamos culturalmente más corruptos que otros. Los mismos mexicanos dejan de ser corruptos en el momento en que cruzan la frontera con los Estados Unidos. Parecería que atravesar una línea imaginaria nos da una educación que hace que se borren siglos de una cultura de corrupción.

Aunque ha afirmado que la corrupción es cultural, el presidente está tomando medidas que suponen que el problema radica en el marco jurídico y las instituciones. Por eso este 27 de mayo promulgó una reforma constitucional que permitirá el surgimiento del Sistema Nacional Anticorrupción. “La misma incredulidad que en su momento generó la transición a la democracia –dijo—es la que hoy existe en torno a nuestra capacidad como nación para combatir la corrupción.”

El nuevo sistema crea un comité para coordinar los esfuerzos de los estados en materia de corrupción, fortalece a la Auditoría Superior de la Federación, crea un Tribunal Federal de Justicia Administrativa que ahora podrá sancionar no sólo a funcionaros sino a particulares y le da al Senado la facultad de ratificar al secretario de la función pública. La reforma constitucional, por otra parte, faculta al Congreso a legislar una ley general sobre corrupción. Establece también que los servidores públicos en todo el país estarán obligados a presentar declaración patrimonial y de conflicto de interés (la obligación anterior era sólo para los federales). En caso de conflicto de interés, podrá haber extinción de dominio.

No vamos a ver una milagrosa desaparición de la corrupción con la nueva ley. De hecho, hasta ahora sólo hemos tenido una enmienda constitucional. Mucho más tiene que hacerse para aterrizar las reglas.

Una de las virtudes de la nueva legislación es que unifica esfuerzos. Hasta ahora ha habido una legislación federal sobre corrupción pero que sólo se aplica al gobierno federal. Después, cada estado tiene sus propias leyes locales. La ley general, cuando se promulgue, proporcionará un mismo marco jurídico a todos. Si bien hay quien piensa que esto viola los derechos de los estados, creo que es saludable tener las mismas reglas en todo el país.

La experiencia nos demuestra, sin embargo, que tener nuevas leyes, cada vez más complejas, no ayuda al combate a la corrupción. Al contrario, hay razones para pensar que la complejidad y dureza de la legislación promueve mayor corrupción.

En este momento en que, por influencia de la reforma constitucional y de la futura ley general, habrá que cambiar todas las leyes de corrupción en el país, vale la pena recomendar dos reglas a los legisladores: (1) sencillez y (2) transparencia. Las leyes deben ser simples, fáciles de entender y sin excepciones. La mejor manera de garantiza la honestidad de funcionarios y entidades del gobierno es tener una absoluta transparencia. Cada cuenta, cada acción de los funcionarios, debe quedar expuesta al escrutinio general.

Siempre he estado en desacuerdo con las explicaciones genéticas o culturales de la corrupción. Éstas no solamente harían imposible combatir la enfermedad sino que además no son congruentes con el comportamiento de los mexicanos cuando salen del país. Necesitamos instituciones sólidas, sencillas y transparentes que permitan que la sociedad misma impida la realización de actos de corrupción. Espero que el Sistema Nacional Anticorrupción sea un paso hacia adelante.

 

Twitter: @SergioSarmiento

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