Deuda para nuestros hijos

Ya deberíamos haber aprendido. En las últimas décadas hemos sufrido un impresionante crecimiento de la deuda pública mexicana. El argumento ha sido como siempre que, con un mayor gasto público, aunque genere déficit y por lo tanto deuda, se promovería un mayor crecimiento económico y por lo tanto una mayor prosperidad para los mexicanos. Los años de este endeudamiento, sin embargo, no muestran un mayor crecimiento económico. Lo que sí nos dejan es una deuda enorme que tendrán que pagar las generaciones futuras.

El camino ya lo recorrimos en el pasado. La deuda bruta del sector público presupuestario se ubicaba en 32.4 por ciento del PIB en 1980, según el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas, pero subió a 103.5 por ciento para 1987. Gracias a las renegociaciones de la deuda se logró reducirla a 26.8 por ciento en 2003. Para 2007 teníamos una deuda neta del sector público de sólo 21.7 por ciento del PIB. Desafortunadamente, nuestros gobiernos ya no continuaron por el camino de la frugalidad.

Con la crisis de 2009 el gobierno panista de Felipe Calderón tomó la decisión de elevar el déficit de presupuesto. Afirmó que esto lo hacía era generar una política contracíclica temporal, que promoviera un mayor crecimiento económico ante el desplome económico provocado por una crisis internacional y profundizado por las medidas de restricción económica por la epidemia de influenza del virus A (H1N1).

Cuando el PRI regresó a Los Pinos, en 2012, Enrique Peña Nieto mantuvo un déficit de gasto público que ha llevado a que la deuda neta ascienda a 48.5 por ciento del PIB. El crecimiento económico, si bien tuvo un repunte temporal entre 2010 y 2012, en buena medida como rebote después del desplome de 2009, se ha mantenido en un promedio apenas superior al ya tradicional 2 por ciento anual de nuestro país.

Contratar deuda no es necesariamente malo. Las empresas que quieren crecer lo hacen de manera constante; también las familias, sobre todo para adquirir bienes duraderos o bienes raíces. El problema no es el endeudamiento en sí, sino el uso que se da al dinero que se obtiene por créditos.

Contratar deuda para adquirir equipos productivos, para ampliar un negocio o para invertir en un bien inmueble tiene todo el sentido del mundo. Hacerlo, como el sector público mexicano, para aumentar el gasto corriente es una tontería. Este proceso no ha hecho más que dejarnos más endeudados a los mexicanos sin generar una mejoría en la capacidad productiva del país.

El peso de la deuda se ha vuelto ya tan grande que empieza a incidir sobre el bienestar de los ciudadanos. El costo financiero de la deuda en 2016 será de 569 mil millones de pesos. Esto equivale casi a los 686 mil millones que se pagan en México por todo el gasto educativo, desde preescolar hasta universidades. Este costo financiero de la deuda, por otra parte, está creciendo a un ritmo vertiginoso. El aumento será de 18.9 por ciento en 2017, mientras que el gasto total se reducirá en 1.7 por ciento.

Un buen padre de familia suele estar dispuesto a hacer sacrificios durante su vida para que sus hijos vivan mejor. Los políticos mexicanos hacen exactamente lo contrario: gastan hoy en programas improductivos para dejar la factura a las siguientes generaciones.

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Twitter: @SergioSarmiento

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