Deporte y corrupción

Es cierto que en la antigua Grecia el deporte se convirtió en un rito religioso y espectáculo que generaba la atención de multitudes. Los originales Juegos Olímpicos eran tan importantes que durante su realización se suspendían las guerras que estaban teniendo lugar entre las distintas ciudades griegas. Los romanos mantuvieron algo de este gusto, pero sus espectáculos favoritos, como las carreras de carros tirados por caballos o los combates entre gladiadores, eran sumamente sangrientos. En el Medievo las justas entre caballeros eran también violentas, pero además sólo una porción muy pequeña de la población las veía.

Durante siglos, sin embargo, el interés por las competiciones deportivas s desvaneció. Los aristócratas consideraban que el esfuerzo físico era una actividad de las clases inferiores. Hombres y mujeres de las clases acomodadas se enorgullecían de su palidez, de nunca estar al aire libre. Una piel dorada por el sol era señal de pertenecer a las clases bajas y en particular al campesinado. Las personas que trabajaban en el campo o en las primeras fábricas tenían labores tan duras que la perspectiva de dedicar el día semanal de descanso a una actividad física parecía una broma.

El renacimiento del deporte empezó a fines del siglo XIX cuando el barón Pierre de Coubertin, francés, recreó los Juegos Olímpicos. En Inglaterra había surgido ya la versión contemporánea del futbol. Nadie, sin embargo, se habría imaginado que unas décadas después el deporte y en particular el futbol habrían de convertirse en una parte tan importante de la vida social.

Hoy en día los deportes se han convertido en actividades que se cuentan entre las más importantes para naciones enteras. Pueblos que viven siempre en la discordia e incluso en la violencia se unen cuando se trata de apoyar a un equipo nacional de futbol. Los grandes héroes de los actuales países, tanto emergentes como desarrollados, no son por supuesto los políticos, pero tampoco los escritores o artistas sino los deportistas de alto desempeño.

La misma admiración de hoy se mostraba en los tiempos de la antigua Grecia hacia los deportistas olímpicos, pero en los tiempos modernos esta admiración se ha convertido también en beneficio económico. Los modernos medios de comunicación han ayudado a llevar las competiciones deportivas a los espacios más recónditos del planeta. El deporte se ha vuelto también un negocio que antes parecía impensable. La FIFA, el organismo que regula el futbol, el deporte más popular del mundo, tiene ingresos que superan los 2 mil millones de dólares al año y pese a ser una institución sin ánimo de lucro tuvo en 2014 una utilidad de 141 millones de dólares. Sus remanentes acumulados de los últimos años rebasan los 1,500 millones de dólares.

La popularidad del futbol y de otros deportes se ha traducido, tristemente, en actos de corrupción. El escándalo en la FIFA estalló este pasado mes de mayo. En el boxeo, que también es un deporte en el que se manejan cantidades de cientos o miles de millones de dólares, los casos de peleas arregladas o de actos de corrupción son muy comunes. Los casos de corrupción han manchado no sólo el deporte profesional sino también el de aficionados.

Quizá sea inevitable que cuando se manejan miles de millones de dólares en una actividad haya ejemplos de deshonestidad. Lo triste es que una actividad que tiene la capacidad de unir más que ninguna otra se haya convertido también en una fuente tan importante de corrupción.

Twitter: @SergioSarmiento

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