UN PLANETA LLAMADO AGUA

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Muchos nos han dicho que en el futuro las guerras en el mundo se pelearán por el agua y no por el petróleo. No falta mucho para eso. Algunos conflictos internacionales y locales tienen ya raíces en el agua. El de Palestina es uno de ellos. Otro es el que hemos visto en Sonora donde agricultores del sur del estado, principalmente de la tribu yaqui, se oponen al transporte de agua hacia el norte a través del acueducto Independencia para dar de beber a la sedienta Hermosillo.

Nos dicen que el agua se está acabando. Desde un punto de vista estricto esto es falso. El agua, como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Puede congelarse, evaporarse, derretirse o condensarse, pero sigue siendo agua. La cantidad se ha mantenido constante en el planeta a lo largo de la historia. Ni en los tiempos más húmedos ni en los más secos hay más o menos. Simplemente se distribuye de forma distinta.

 

Aunque nuestro planeta se llama Tierra, en realidad deberíamos llamarlo Agua. La superficie está cubierta del líquido en un 71 por ciento. El agua es uno de los compuestos más comunes, pero no toda sirve para beber o para satisfacer otras necesidades.

Casi el 97 por ciento del agua es salada y, por lo tanto, inapropiada para la mayor parte de los usos que le damos. No sólo no sirve para beber sino que tampoco cumple con otras funciones. No nos permite lavarnos, por ejemplo. Si nos metemos al mar, al salir nos sentiremos pegajosos y buscaremos agua dulce para limpiarnos.

Sólo entre el 2.5 y el 2.75 por ciento del agua del planeta es dulce. En realidad ésta proviene del mar, pero al evaporarse, condensarse y precipitarse pierde la sal. La mayor parte del agua dulce (1.75 a 2 por ciento del total) está congelada en polos y montañas. Entre el 0.7 y el 0.8 por ciento se encuentra en acuíferos subterráneos. Parece difícil de creer, pero sólo el 0.1 por ciento del agua del planeta es dulce, líquida y se encuentra disponible en fuentes superficiales como lagos, ríos o pantanos. Ésta es la que hemos usado para beber y lavarnos desde los inicios de la humanidad. También en el agua dulce superficial hay monopolios, sin embargo. La mayor parte se concentra en unos cuantos depósitos y cauces importantes, como el lago Baikal de Rusia, los Grandes Lagos de Norteamérica y el río Amazonas de Sudamérica.

Si bien es poca el agua del planeta que podamos utilizar, la que tenemos la empleamos para muchas cosas antes que beberla. El 70 por ciento, según la FAO, se utiliza para la agricultura, el 19 por ciento para la industria y el 11 por ciento para los municipios. De este pequeño porcentaje que va a las comunidades buena parte se pierde en fugas en las redes de distribución o en las tuberías de casas y edificios. Ya en los hogares, mucha se emplea para lavar patios, suelos y autos, para regar jardines o para tomar prolongadas duchas. Mucha se va también por el inodoro. Regar un jardín con manguera se lleva 1,800 litros por hora, lavar un solo auto 500 litros. Un inodoro utiliza de seis a 18 litros cada vez que se acciona, la mayor parte de las veces para desalojar tan solo 350 mililitros de orina. Una ducha de 10 minutos utiliza 200 litros.

En contraste, un adulto con actividad física normal necesita en promedio 3.7 litros diarios de agua si es hombre y 2.7 litros si mujer. Una parte se obtiene de los alimentos, por lo que beber entre uno y dos litros diarios es más que suficiente para mantener la salud (beber más puede ser incluso dañino). El consumo humano representa sólo una parte muy pequeña del agua dulce que utilizan las comunidades, pero ésta es muy importante para el organismo. Entre el 55 y el 78 por ciento de nuestro cuerpo está formado por agua. No es que los humanos necesitemos agua: es que somos agua.

Si el agua en la naturaleza se mantiene constante, y muy poca es apta para consumo humano, encontraremos que hay una disminución en la disponibilidad por persona simplemente por el incremento de la población. En 1925, después de 200 mil años de historia, la población humana alcanzó la cota histórica de mil millones. Para el 2012 ya éramos 7 mil millones. Somos muchos los que bebemos la misma agua que se ha estado reciclando a lo largo de la historia.

Agua, en realidad, hay suficiente. Pero si queremos que realmente alcance para todos y se mantenga limpia, tenemos que cuidarla. El problema es que nuestros políticos toman medidas que revelan su ignorancia extrema en la materia o, peor aún, su perversión.

En 2012 a la clase política mexicana se le ocurrió la brillante idea de que había que hacer del agua un “derecho humano”. Al artículo cuarto de la Constitución se le introdujo un párrafo que señala: “Toda persona tiene derecho al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible. El Estado garantizará este derecho…”

¿Pero qué significa hacer del agua un derecho? ¿Aumentará esto la disponibilidad? ¿Evitará que se siga desperdiciando en campos, tuberías y casas? ¿Impedirá que se laven patios y autos a manguerazos? Todo lo contrario. Hacer del agua un derecho llevará a un mayor desperdicio de agua.

En términos prácticos el derecho al agua en la Constitución significa que no se podrá cortar la provisión a quienes no paguen y que habrá una justificación para distribuirla a un precio artificialmente bajo. Se crean así nuevos incentivos para el desperdicio. Además, se cierran las puertas a la generación de recursos para la inversión en nueva infraestructura, en la reparación de las deterioradas redes de distribución y en el desarrollo de nuevas tecnologías, como la desalación, que pueden ayudar a obtener enormes cantidades de agua. Precisamente porque el agua es tan importante, es un crimen hacerla víctima del populismo.

Es una paradójica lamentable. El agua es uno de los compuestos más abundantes del planeta. Pero es muy probable que en el futuro tengamos que pelear guerras por ella. No porque no haya, sino porque los políticos están generando una escasez artificial.

Twitter: @SergioSarmiento

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