CAMINOS DE MICHOACÁN

“Caminos de Michoacán / y pueblos que voy pasando / si saben por donde está / ¿por qué me lo están negando?”

Bulmaro Bermúdez

El domingo 12 de enero se registró la movilización de una columna armada en Michoacán. Se trataba de un grupo de autodefensa que portaba armas de alto poder, como AK-47s, de uso exclusivo del ejército, que entró a Nueva Italia, bastión de los Caballeros Templarios, la organización criminal. El contingente iba precedido de varios vehículos con un blindaje hechizo.

Una fuerza del ejército que custodiaba la entrada de la población simplemente vio pasar al grupo de autodefensa sin hacer nada. Seguramente tenía instrucciones de no intervenir.

 

Al entrar a Nueva Italia, el grupo enfrentó resistencia de un grupo no identificado. Estalló así una batalla que duró dos horas. Se dispararon tiros de uno y otro lado, pero la capacidad de fuego de la autodefensa era superior por lo que sus opositores se retiraron.

Éste fue un triunfo inusitado para los grupos que pretenden defender a los ciudadanos de los abusos del crimen organizado. Michoacán ha sufrido el control de una serie de organizaciones criminales que han estado en conflicto unas con otras. De la Familia Michoacana se pasó a Los Zetas y de ahí a los Caballeros Templarios. Los empresarios, ganaderos y agricultores se quejan de extorsiones constantes. El cultivo y el transporte de drogas se siguen realizando sin importar los años de guerra contra el narcotráfico. Los robos y homicidios tienen lugar con una escalofriante frecuencia.

A pesar de que en la batalla de Nueva Italia sólo se registró un herido, por lo menos del lado de la autodefensa, el evento subrayó la pérdida de control de los gobiernos estatal y federal sobre la Tierra Caliente de Michoacán. Las autoridades perdieron el “monopolio del uso de la fuerza”, Gewaltmonopol, que el sociólogo alemán Max Weber considera indispensable para la existencia de un Estado moderno eficaz.

Michoacán se convirtió en los últimos años, efectivamente, en ejemplo de estado fallido. El 10 de enero el gobernador Fausto Vallejo hizo una solicitud formal de ayuda al gobierno federal para enfrentar una crisis de seguridad que había rebasado las posibilidades de respuesta del estado. El 13 de enero, un día después de la batalla de Nueva Italia, se llevó a cabo una reunión del gabinete de seguridad federal en Morelia. El acto buscaba mandar un mensaje de que estos altos funcionarios, encabezados por el secretario de gobernación federal Miguel Ángel Osorio Chong, podían presentarse sin miedo en la capital michoacana, aunque vale la pena señalar que el lugar de la reunión y las calles aledañas tenían una protección militar que sólo se podría haber pensado en un escenario de guerra.

En esa reunión el secretario Osorio Chong y el gobernador Vallejo firmaron un Acuerdo para el Apoyo Federal a la Seguridad de Michoacán. Ese mismo día contingentes del ejército y la policía federal comenzaron a avanzar y tomar control de las poblaciones de Tierra Caliente: Parácuaro, Múgica, Nueva Italia, Apatzingán. En Antúnez, unos soldados dispararon en contra de un grupo de autodefensa y dejaron varios muertos. En otros lugares las autodefensas aceptaron desamarse. Los delincuentes, por lo menos en un principio, se replegaron.

Entiendo la necesidad de recuperar el control de la Tierra Caliente. El gobierno mexicano no puede darse el lujo de abandonar a su suerte esta región. La inseguridad ha contribuido a que se desplomen la inversión y la actividad económica en el lugar. El resultado es una mayor pobreza, particularmente en el campo, y un sufrimiento humano que no debería ya ser aceptable en estos tiempos modernos.

El despliegue de aproximadamente 10 mil efectivos militares en la Tierra Caliente ha tenido éxito en un principio. En el largo plazo, sin embargo, las cosas son más difíciles. Los esfuerzos por recuperar el control gubernamental en Michoacán datan de hace varios años. El primer esfuerzo importante de Felipe Calderón al asumir la Presidencia de la República fue mandar tropas a Michoacán, su estado natal, para recuperar la entidad dominada cada vez más por el crimen organizado. Michoacán, de hecho, fue el primer ejemplo de la guerra contra el narco de Calderón.

De nada sirvió. Durante un tiempo se redujo la inseguridad en el estado, pero con el paso del tiempo la presencia del ejército y la policía federal por los caminos de Michoacán empezó a perder relevancia. El tráfico de drogas nunca amainó, mientras que los homicidios, secuestros y extorsiones empezaron a multiplicarse nuevamente.

Si no se quiere correr el mismo riesgo ahora, el esfuerzo debe ser más profundo. No ayuda en nada, por supuesto, la prohibición a las drogas impuesta desde Estados Unidos, a pesar de que la propia Unión Americana es cada vez más tolerante ante el consumo de estas sustancias. El tráfico de drogas no desaparecerá mientras haya una demanda que hace que suban los precios cada vez que hay un golpe a la producción o a las cadenas de distribución.

Aun así, hay cosas que se pueden hacer sin que se elimine la prohibición. Tijuana y Ciudad Juárez han demostrado que puede haber logros importantes en materia de seguridad simplemente con un mayor uso de inteligencia militar y policial y con tener mandos honestos en las corporaciones de combate a la delincuencia.

El relativo éxito inicial de la ofensiva del gobierno federal en la guerra de Michoacán nos revela que cuando realmente se quiere se pueden lograr triunfos frente al crimen organizado. Lo que nunca debe hacer un gobierno es lo que tanto tiempo se hizo en Michoacán: abandonar la plaza a los criminales. Cuando un Estado abdica de su responsabilidad fundamental, la de garantizar la seguridad de los gobernados, abre las puertas para que todos los grupos busquen defender sus intereses con la violencia. En ese momento es mejor que los gobernantes renuncien… porque no están cumpliendo con su responsabilidad.

Twitter: @SergioSarmiento

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