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Carta de amor de Sergio Sarmiento a Elena Poniatowska

(19-May-2006)

“El día en que tú naciste, nacieron todas las flores”.

Las mañanitas

Mi querida Elena:

Te preguntarás por qué me atrevo a escribirte en un tono tan familiar en este día especial. Entiendo que sólo hemos coincidido en un par de comidas y que no soy realmente un amigo tuyo. Me doy cuenta también -cómo podría no hacerlo- que con frecuencia hemos defendido posiciones distintas. Pero quiero que sepas que tengo hacia ti esa cercanía particular que sólo la lectura puede dar.

 

Recuerda, Elenita, que somos de la misma edad... No, no te sorprendas ni abras más esos ojos grandes e hipnotizantes. Quizá no te acuerdes, pero esto lo descubrimos juntos en mayo del 2001.

Yo te entrevistaba al respecto de La piel del cielo, tu novela que ganó el Premio Alfaguara. ¿Recuerdas? Tú me dijiste: "Hago periodismo desde 1953, antes de que tú nacieras". Yo te respondí: "No, yo nací en el 53". Y tú contestaste sin pensar: "Bueno, el día en que tú naciste nacieron todas las flores". Te podrás imaginar que no podía permanecer insensible ante esta respuesta.

Pero no creas, Elenita, que mi cercanía hacia ti nació apenas esa tarde de mayo del 2001. Hasta no verte Jesús mío la leí en 1969, cuando acababa de entrar a la Prepa 8. La noche de Tlatelolco la devoré en 1971 y fue una de las obras que me impulsaron a ser periodista. De hecho, tú no lo sabes, pero yo participaba en esa brigada infantil del movimiento estudiantil de 1968, la Carlos Marx, que mencionas en el libro. Mi primer artículo profesional, publicado en junio de 1971 en la revista Siempre!, utilizaba tu técnica y contraponía viñetas con testimonios de los protagonistas para describir el halconazo del jueves de Corpus.

Querido Diego, te abraza Quiela me angustió. La admiración que siempre había tenido por Diego Rivera se desmoronó ante ese retrato de un hombre pagado de sí mismo, ahogado en la indiferencia ante el amor de una mujer. Años después Tinísima, esa obra que te separó una década de Octavio Paz, me hizo reencontrarte. La piel del cielo me hizo recorrer el siglo XX, con el trasfondo de un Coyoacán en el que se mezclaban los grandes nombres de la ciencia mexicana con personajes ficticios y entrañables.

El romance no ha terminado. En algún lugar de mis siempre desordenados estantes tengo -aún sin leer, lo reconozco- El tren pasa primero. Ayer, antes de redactar este artículo, me pasé horas buscándolo pero no lo encontré. Si no termino demasiado tarde la redacción, saldré a la Gandhi a comprarlo para leerlo este fin de semana y reanudar así esa intensa pero secreta relación que mantengo desde 1969.

Pero no te escribo por eso. Ni siquiera para felicitarte por tu cumpleaños. Lo hago porque siento que en las últimas semanas te has convertido en blanco de muchos ataques y yo siento la impotencia de un hombre que te quiere y que hasta ahora ha sido incapaz de salir en tu defensa.

Tú subiste a la palestra a defender a Andrés Manuel López Obrador de los ataques panistas porque estabas convencida de la justicia de esta acción. Mucha gente que conozco me ha dicho que si "la Poniatowska" decidió meterse en política debe aguantar vara. Pero debo decirte que ningún anuncio en esta campaña me ha molestado tanto como el que el PAN pagó para cuestionarte en lo personal. Y muchos mexicanos debemos haber tenido esta misma reacción, porque los panistas retiraron el anuncio después de un par de días.

Los ataques panistas seguramente no te hicieron mella. De hecho, seguramente ratificaron tu convicción de que habías actuado correctamente. Pero estoy seguro de que la decisión del subcomandante Marcos de expulsarte de una de sus reuniones debe haberte dolido. Recuerdo una entrevista tuya en el 2001 para el diario español El Mundo en que decías que ser de izquierda es "estar del lado de lo que el subcomandante Marcos llama los más pequeños". Y eso es lo que tú siempre has querido hacer.

Entiendo que el subcomandante, en su afán de distanciarse de López Obrador, haya sentido la necesidad de ser grosero contigo. Pero una cosa es tener diferencias y otra mostrarse intolerante. Me doy cuenta que a lo largo de los años tú has mostrado firmeza en tus convicciones, pero también tolerancia ante quienes piensan distinto de ti. Sólo así puede explicarse, por ejemplo, tu larga relación de respeto con Paz.

Yo no vengo a decirte hoy, Elena, que en este día de tu cumpleaños me has convencido de todas tus ideas. Más bien quiero aprovechar el escudo que me da la tinta sobre el papel para decirte que te quiero y que te admiro precisamente porque somos diferentes. Cada vez que alguien te agrede me dan ganas de pararme y retarlo a golpes como cualquier borracho de cantina. Pero me doy cuenta de que si los mexicanos no aprendemos de ti la tolerancia, no tendremos país al terminar esta brutal campaña política

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